sábado, 27 de diciembre de 2008

Y llegaron las Navidades

y con ellas las alegrías, los abrazos, los pelillos a la mar y los "hoy voy a hacer la buena acción del día". ¿Pero cómo podemos ser tan hipócritas? Aunque humildemente, estos actos obligatorios de bondad y sonrisas también sientan bien, al menos una vez al año...

Si existe un elemento distorsionador de la situación, éste es la
televisión. Es realmente preocupante es la obsesión en estas fechas de alcanzar la felicidad familiar que se muestra en todos los anuncios y programas varios. "Vuelve a casa por Navidad", los abuelitos y los nietos regalándose caramelos, la familia reunida ante una suculenta cena... Y yo me pregunto si esos abuelos, a los que se carga a los nietos para poder irse de fin de semana, no existen durante el año. O si esa familia reunida, que luego no hace más que tirarse de los pelos, es realmente tan feliz.

Lo más fastidioso del tema es que ante estas muestras de alegría, no nos damos cuenta de lo
desgraciados que se pueden llegar a sentir personas que no cumplen los requisitos que imponen los anuncios: los que tienen a la familia lejos, a los que les falta algún miembro familiar, los que no tienen para una cena suculenta o para dar regalos a los niños. Si en general se pretende potenciar la unión y hermandad, considero que se regodea precisamente en la carencia del resto. Y es que párense ustedes un momento a pensar en qué ocurre con aquél niño que tiene a su abuelo en otra ciudad. ¿Cómo creen que se puede sentir ante tanto televisionismo familiar?

Pues yo
me planto, señores. Me niego a seguir esa imposición mediática. No creo que por unos días marcados en el calendario haya de cambiar mi comportamiento hacia los demás (que por otro lado siempre es bueno, por supuesto), o haya de sentir más cercanía con personas que no hablo durante el resto del año. Simplemente intenten ser felices y hacer felices a los demás, pero háganlo todos los días del año. Y si quieren, descansen en éstos...

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